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miércoles, 30 de octubre de 2019

De monjes y maestros


En la china feudal existía un gran artista marcial, alguien que había ganado todos sus combates, un luchador casi invencible, al que nombraban Wang. Él entrenaba muy duro y poseía una técnica casi infalible, dominaba más de veinte estilos de artes marciales y era un experto maestro en todos ellos.

Casi todos los chinos y extranjeros lo admiraban, algunos afirmaban que era la encarnación de Dios en la tierra. Otros más modestos que era el rey del Kung fu y algunos más alocados, que era el inventor del Kung fu, aunque esto realmente era un mito.

Algunos valientes, o inconscientes, creían que no era para tanto y se animaban a enfrentarlo y salían muy mal heridos, en menos de diez minutos dejaba a cualquiera fuera de combate. Wang, poseía un invicto de cien victorias consecutivas, tanto en torneos y enfrentamientos callejeros como exhibiciones que se hacían para el público en general.

Un día, un monje, Ming, se acercó y le preguntó al maestro cómo hacía para ganar todos los combates. Él respondió que al conocer muchos estilos de pelea y estar muy bien entrenado, podía intuir con solo ver la pose inicial, todos los movimientos de su adversario y que de esa manera, podía pensar como contraatacar y poder ganar todos los combates sin que siquiera lo tocaran sus adversarios. Ming escucho muy atentamente sus palabras, le agradeció por la conversación y se retiró.

El monje se dirigió a un templo en las montañas, donde se recluyo voluntariamente. Y tras tres años en los que estuvo de claustro entrenando, desafío al artista marcial a un combate callejero. Este confiado, se arrimó y le pidió que se saludaran. Tras hacerlo, hubo algo que a Wang  lo desconcertó. Ming seguía en posición de descanso, a pesar de estar en un ámbito de batalla.
El maestro, decidió entonces adoptar el estilo cauteloso, el del Wing-Chung y procedió a atacarlo. Rápidamente, el Shaolin, esquivo sus golpes y le dio una patada en la rodilla que lo hizo tambalear un poco. Posteriormente, si tomó una pose de batalla, que se parecía a la que estaba utilizando Wang, quién volvió a atacar. De nuevo, el monje se defendió, de una manera tan rápida que absolutamente ninguno de los presentes lo vio, sin embargo, esta vez lo derribó y fracturo su pierna derecha.

Una vez en el suelo, el maestro preguntó: "¿Qué técnica utilizaste?"

Y el monje en tono sobrador respondió: “Ninguna, sí la hubiera utilizado, entonces habrías ganado. Simplemente me dejé llevar y sabía que tarde o temprano ibas a caer”