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miércoles, 20 de noviembre de 2019

El problema de los sistemas y la desigualdad natural


Todos los sistemas políticos presentan fallas de diversa índole, algunas son más evidentes y otras menos. La realidad es que ningún sistema es infalible, sin embargo es cierto que algunos lo son más que otros.

En el siguiente ensayo, no se determinara cuál es el mejor de los sistemas, ya que eso quedara a libre interpretación de los lectores, sino que se intentara demostrar por un lado las carencias de los sistemas y después demostrar cuales son los factores que producen dichas carencias. Las falacias que comúnmente se utilizan para hacer creer que un sistema es mejor que otro y en última instancia esbozar una posible solución.

Este ensayo es bastante corto y sirve principalmente como una hoja de ruta, para proponer un sistema superador, no es interés mío proponerlo, al menos en este espacio. Sino otorgar herramientas para que sirva como puntapié inicial en un futuro o que lo desarrolle algún lector.

Aclarado esto, proseguiré con el desarrollo:

Cuando encontramos socialistas defendiendo su postura política. Usualmente contraponen, su modelo utópico, frente al modelo real, republicano vigente.

Por consecuencia, destacan la superioridad moral y organizativa de este modelo. No obstante, es menester remarcar, que bajo dichas circunstancias, el modelo republicano corre en desventaja. Puesto que la comparativa no es entre un país socialista y otro republicano con economía de mercado, sino una utopía frente una realidad tangible. 

Lo justo sería comparar la filosofía de los liberales minarquistas, o liberales conservadores, frente a la filosofía socialista. O en su defecto, comparar dos o más países, reales, que funcionen bajo distintos regímenes y modelos (socialista, liberal republicano, de tercera posición o anarquista). De lo contrario, el argumento se convierte en falacia. Uno no puede comparar la realidad de un país, por ejemplo Australia, con la utopía de una Inglaterra comunista. Lo lógico sería comparar Australia con Cuba. O en su defecto la filosofía de Henry David Thoreau, John Locke, Hans-Hermann Hope, Adam Smith; frente a la filosofía de Karl Marx, Mao Zedong, Henri de Saint-Simón, Lev Trosky.

Sin embargo, esto no sucede. Por consecuencia, la comparación queda en desventaja. Ya que siempre que se postule un modelo teórico, frente a uno real, el primero tenderá a la perfección. Ya que soluciona todas las variables teóricas posibles y el segundo al error, porque no puede controlar todas las variables reales, debido a que son casi infinitas y de una complejidad mucho mayor.

Sin embargo, este no es un problema exclusivo de los socialistas, sino que muchas corrientes anarquistas caen en el mismo problema, que resulta incluso mucho más notorio y tangible en dichos casos.  Por ejemplo, en el anarquismo clásico de Mijaíl Bakunin, no se puede explicar cómo se desarrollaría el mutualismo por pura espontaneidad y sin un estado que coercione a hacerlo, realmente no se puede garantizar la buena voluntad de los seres humanos, por más que se afirme que nuestra naturaleza es cooperativa. Es lógico y coherente pensar, que la mayoría de los seres humanos, buscamos el bien común, pero es menester destacar lo de mayoría, puesto que los seres humanos somos complejos y sería sumamente irracional e ingenuo, afirmar que es una universalidad. Es correcto afirmar que es una generalidad.

Sucede entonces que para dichas particularidades, que no busquen el bien común y que todavía puedan corromperse. Sin la existencia de un poder verticalista, vamos a necesitar algún tipo de coerción, mediante el uso de la fuerza. Para que de todos modos participen de la sociedad “colectivista”. Y no habría forma de garantizar eso, sin un estado que pueda utilizar la fuerza a su favor pudiendo brindar bienestar de las mayorías.        

Esto no quiere decir que no existan formas de anarquismo que puedan perdurar a lo largo del tiempo y funcionar en la práctica. Tal es el caso de las comunidades menonitas, cuáqueros y ya extintos, dujoboris. Que si funcionaron y perduraron.

La clave se encuentra en la voluntad y libertad individual de los participantes por aceptar dicho régimen de vida, además de su capacidad de conservar su “libertad individual” y “desigualdad natural”. Lo cual solo ocurre en los regímenes individualistas, no así en los colectivistas.

Aquí se postula la cooperación y el mutualismo, pero también se presenta la posibilidad de salir de las comunidades o incluso de ser expulsado, si no se respetan las normas. A su vez, es fundamental, que en estos sistemas, no se busca igualar a las personas, sino que se busca establecer normas básicas de convivencia, respetando la voluntad de cada uno y sin necesidad de un estado que castigue a quien no se adapte.

Ahora bien, no es nuestro interés, centrarnos en cuál es el mejor sistema para gobernar, o cuál es la mejor utopía, ni tampoco quién incurre más en falacias a la hora de hablar de política.

Sino, lo realmente interesante, es desvelar el hecho de qué: A mayor democracia (participación efectiva y directa de los individuos), existe mayor prosperidad. Mientras más individuales y más autónomos somos los seres humanos, mejor nos desarrollamos en sociedad.

Por eso mientras el socialismo bien aplicado y la anarquía colectivista, solo quedan en la teoría y la utopía (ya que según los propios socialistas, todos los regímenes de izquierda no son verdadero socialismo). El liberalismo en cualquiera de sus vertientes y los anarquismos de corte individualista, son aplicables a distintas sociedades  y perdurables en el tiempo. Basta con ver el caso de Australia, que es un país más que desarrollado y con uno de los índices de libertad más altos del mundo, frente a Cuba, que parece un retrato de los años setenta, en pleno 2019 y que cada vez va aún más en declive por la falta de capital.

¿Por qué se da este fenómeno? Como se expuso anteriormente, existe una desigualdad natural entre los hombres, no somos todos iguales y eso es fácil de comprobar. Mire a su vecino y pregúntese si su casa, su auto, sus sentimientos, pensamientos, inquietudes son iguales a los suyos. Seguramente notara que no. El hecho de querer igualar económicamente a las personas, genera un clima antinatural que merma las capacidades tanto creativas como productivas del ser humano. Debido a que no importa cuánto uno se esfuerce, cuanto uno trabaje o lo que uno haga. Siempre va a ser virtualmente igual al vecino. Lo cual es imposible que sea fructífero para nadie. Realmente, la supuesta igualdad se termina transformando en opresión.

Muy bien, entonces mientras más se respete la desigualdad natural y la libertad de cada ser, mayor será la prosperidad. Sin embargo, el principal argumento de los socialistas es que pueden resolver mejor las condiciones de pobreza extrema  ¿Entonces, en otro sistema, cómo resolvemos la pobreza?

Para ello hay que entender cómo se genera la pobreza y en esto tanto los liberales, como los comunistas, como los anarquistas de diversas ramas están de acurdo, en líneas generales. La pobreza se genera mediante la falta de recursos, si la gente tiene recursos no es pobre, si carece de dichos recursos lo es. Realmente, en lo que difieren los diferentes pensadores es en cuál es la mejor manera de obtener y distribuir dichos recursos.

No obstante, siguiendo este razonamiento, si la desigualdad natural, garantiza el desarrollo de las pasiones de cada individuo ¿No desarrollaría también la creatividad y el bienestar? Sí.

Entonces, el dejar que se manifiesten las libertades de los individuos, va a resolver el problema de la pobreza, puesto que cada uno se va a ver motivado a mejorar y potenciar sus habilidades de distinta índole, para generar sus propios recursos. No deoendera de un vecino, estado o sistema que lo provea, sino que será su propio proveedor

En síntesis, el ir en contra de nuestra propia naturaleza es perjudicial para los individuos, que recordemos, son la minoría más pequeña de todas.

Solo respetando el orden natural, es que las sociedades y el mundo en general, van a poder avanzar y continuar progresando. De lo contrario caeremos en el estancamiento. Depende de cada uno de nosotros y de nuestra participación activa, que no suceda.