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lunes, 25 de noviembre de 2019

Chicago en 1930


En el Chicago de 1930 la prostitución era ilegal, sin embargo, las redes de trata se encargaban de seguir funcionando en la clandestinidad. Realmente ese punto de la historia fue el más fructífero para las mafias. 

No era la única prohibición vigente, en aquel entonces. Sino que también, se prohibían el juego, las drogas de todo tipo. Hasta la venta y consumo de alcohol. La prohibición, lejos de restringir el consumo, promovió la creación de garitos, antros y burdeles. Dónde, se podía hacer, de manera clandestina, todo lo que afuera no.

En este contexto, los mafiosos tenían más poder que hasta los mismos políticos (de hecho algunos de ellos visitaban sus locales). Este poder les permitía hacer y deshacer lo que quisieran, respecto a la legislación y la ley. De hecho no es de extrañar, que ellos mismos promulgasen la prohibición, para de esta manera expandir su negocio. Sabemos bien todos, que la trampa "llama más", lo clandestino es más atractivo.

Los fiolos, sabían que más de dos años, no podían tener a una mujer "trabajando". Así como tampoco podían atender más de una determinada cantidad de hombres o recibir más de una determinada cantidad de golpes, por día. Si eventualmente se sobrepasara dicha cantidad. Eso conduciría a las chicas a un estado de locura extrema, que terminaría siendo perjudicial para todos. Incluso podían terminar suicidándose.
El caso de Katherine era ese, ya había estado trabajando por dos años. Por lo que su jefe le dijo que tenía que hacer un último trabajo, que era especial, pues se trataba de un juez federal. Ya después iba a poder ser libre. Parecía sencillo, aunque le agregó una condición: Que le diera una noche "larga y con mucha acción".

Katherine aceptó, se puso sus mejores prendas y fue llevada al hotel dónde se encontraba el juez. Ella se esmeró en hacerlo sentir como nunca había sentido en su vida, literalmente le dio su mejor noche. El hombre decía que efectivamente era la mejor noche de su vida y ella se movía cada vez con mayor intensidad, mientras el cerdo, gemía y se regocijaba de placer. 

Hasta qué, después de dos horas seguidas. No se levantó más. La chica, asustada, lo zarandeo un poco, pero él no hizo gesto alguno. Parecía una estatua, un muerto. Inmediatamente, salió a buscar a su patrón y le dijo lo que había pasado. Pronto volvieron los dos para el hotel.

-No respira
-¿Cómo que no respira? ¿Qué hicimos?
-¿Qué hiciste vos? yo no tengo nada que ver… mira lo que hay acá (se acerca a la mesita de luz y toma un blíster de pastillas). Es Viagra, lo mataste, se tomó el blíster entero el muy idiota. Y bueno, tendrás que ir presa lo siento mucho.
-No, yo no puedo ir presa, no es mi culpa si él se tomó el Viagra, yo no le hice nada
-Bueno, pero ¿la policía a quién le va a creer? ¿A una puta, o a la familia de un juez fallecido?
-No, no puede ser, ¿qué vamos a hacer? yo no quiero ir presa
-Qué vas a hacer, yo acá no tengo nada que ver... Sin embargo, por haberme sido tan servicial todos estos años, te voy a ayudar. Después de todo, sos una de mis mejores chicas y te tengo aprecio.

Minutos después apareció un doctor amigo del mafioso, que corroboró que efectivamente estuviera muerto. Al parecer, el juez había tenido un paro cardio respiratorio, a causa del consumo excesivo de viagra, lo que sumado a la acción sexual, le había provocado una muerte inmediata.

El médico se retiró y poco después vino una camioneta con otros amigos del señor, a buscar el cadáver. Lo envolvieron en una manta y se lo llevaron. Diciéndole a la chica que se quede tranquila que lo iban a hacer desaparecer.

"Muy bien, ya está, no vas a ir presa. Sin embargo, este favor no te va a salir gratis. Vas a tener que trabajar un año más para mí, obviamente que vas a cobrar, por eso no te preocupes, pero... No vas a poder irte como habíamos pactado". Esas fueron las palabras del fiolo, una vez que se retiró la camioneta. La chica completamente resignada aceptó.

A los seis meses, en uno de los hoteles que visitó, se encontraba de nuevo el juez, acostándose con una de sus compañeras. Ella furiosa se le acercó y lo increpó, preguntándole cómo es que estaba vivo. Él al principio no quiso decir nada. Sin embargo, ella lo termino amenazando de muerte, alegando que ya no tenía absolutamente nada que perder. Entonces, muy asustado, él contestó que ni siquiera era juez. Que fue todo un montaje. El médico era falso, jamás tomo la pastilla y los chicos de la camioneta nunca lo subieron a ella. Simplemente fue todo una puesta en escena, para tenerla trabajando un año más. No podían darse el lujo de perderla.