Hoy voy a contar mi historia, el
por qué hice lo que hice y el cómo me arrepiento de haberlo hecho.
Yo venía del partido de la
Matanza, no era militar de carrera, era un peón de estancia, sin embargo, me
había reclutado el ejército rosista para la campaña al desierto. Habíamos
confrontado a los indios ranqueles, en el fuerte de Azul.
Por el excito en la campaña y mi
buen desempeño, me nombraron sargento y junto con un grupo de soldados y
algunos indios prisioneros nos dejaron en el fuerte para construir un pueblo al
lado del fuerte. Debíamos construir diez casas, una iglesia, una plaza, una
comisaria y una escuela, destinada para
educar a los indios.
A mi particularmente, me
ofrecieron el puesto de comisario. Yo lo acepte, porque ya tenía mis veinte
años cumplidos, no tenía aun mujer ni hijos y ya no quería trabajar con mi
padre como capataz, era momento de forjar mi propio camino.
Luego de cinco años, ya habíamos
conseguido cuarenta y cinco habitantes, ya contábamos con muchas más casas de
las que habíamos construido en un principio y conseguimos tener nuestro propio
mercado. Ya no era necesario ir a los pueblos vecinos para comprar los víveres.
Al estar en constante expansión, llegaba gente
casi todos los días. Ellos pasaban por la comisaria para que yo los censara y
les diera la bienvenida. El intendente estaba generalmente en Chascomus, por lo
que me correspondía a mí encargarme de los asuntos administrativos del pueblo,
en su ausencia. A gatas sé leer y escribir, pero me las apañé bien.
Un día de tantos, llego a la
plaza, un gaucho, que a los gritos, pregonaba lo siguiente: -Tráiganme al
comisario, lo voy a matar, él asesino, hace tres años, a mi vieja y estoy
pidiendo su cabeza.
Uno de los ranqueles, que era
amigo mío, se acercó a mí y me alerto de lo que estaba pasando. Me dirigí hacia
él e intente hablarle, era imposible que lo que contaba fuera cierto. Desde
hacía cinco años no mataba a nadie y menos una mujer. En definitiva a la única
persona que le había quitado una vida, era uno de los indios, que me acorraló
en el campo de batalla. Todos los días me arrepentía, pero era mi vida o la de
él, no me quedaba otra.
Sin embargo, a pesar de contarle
esto, el hombre insistió en que era mi culpa y me reto a duelo para la
siguiente tarde. Esperaba terminarlo a primera sangre, pero el hombre estaba,
sin dudas, dispuesto a matarme, por lo que no aceptó mi oferta y me desafío a
muerte.
Al llegar el momento, tomé mi
poncho, mi facón y fui a la plaza. El hombre me esperaba con un caronero en
mano y poncho en la otra. Un indio comenzó a tocar sus tambores y el duelo se
dio por iniciado. A pesar de su cuchillo más largo que el mío, el gaucho no era
tan hábil como yo, por eso después de un par de cuchilladas, pude cortar el
nervio de su pierna izquierda y dejarlo caer al suelo.
-Te perdono la vida, desaparece
de este pueblo y ya no vuelvas a molestar.
-No lo voy a hacer, porque vos
sos mi hermano mayor, mataste a mamá de angustia y todo porque no fuiste capaz
de decirle que te ibas a quedar en este pueblucho de mierda. No viniste a casa
ni por medio segundo a decir que estabas bien. Pensamos que habías muerto.
- Yo mande a mi compañero a
hablar con ustedes, no tengo responsabilidad…
Me di media vuelta y me aleje del
campo de batalla. Mientras tanto como pudo, mi hermano se dio vuelta e intento
clavarme el cuchillo por la espalda. Inmediatamente me agache y dando media
vuelta, esgrimí un hachazo, que sin querer terminó cortándole la yugular.
No estoy contento con lo que
hice, poco después me enteré de que mi compañero no llegó nunca, porque murió
de sífilis en el camino. La muerte de mi hermano y de mi madre pesan ahora en
mi conciencia… por esa razón es que escribo esta carta, es mi despedida. Dejo a
mi amigo ranquel a cargo del pueblo, espero sepa hacerlo crecer y progresar aún
más de lo que lo hice yo.