Enemigos, los encontramos en todos lados, en cada rincón, en
nuestra casa, los vecinos de al lado de esta, los de enfrente, los de
arriba, los del trabajo, el gobierno, los medios, las religiones, podría seguir
enumerando miles de ejemplos, los encontramos en todos lados, incluso en
lugares donde no existen.
Recuerdo alguna que otra conversación en la cual el tema
central era la política, debatíamos en un grupo de unas diez personas,
aproximadamente, el cómo funcionaba y el que era la política. Entonces fue que surgió
la palabra, enemigo, esa era la palabra fundamental, lo que daba sentido y razón
de ser a la política, el buscar un enemigo común, ya sea concreto o abstracto
el cual hay que erradicar.
- ¿Qué pasa si no hay enemigo? - preguntó quién se encontraba
a mi lado
- Hay que crearlo - Dijo alguien del fondo
Y quien estaba en frete asintió con la cabeza.
Este hecho llamo mucho mi atención, el crear un enemigo es un
hecho muy cruel e injusto, el buscar a alguien a quien destruir por el mero
hecho de necesitar hacerlo, es bastante perverso y digno de los peores villanos
del mundo de la tv, la literatura o el cine, pero pensándolo un poco me di cuenta de que inconscientemente
yo también lo hacía, que cuando no podía alcanzar una meta buscaba a un
objetivo externo para cargarlo con la culpa de lo sucedido, en mayor o menor
medida todo el mundo lo hace, no es algo que sea únicamente digno de personajes
malintencionados, de hecho si hilamos muy fino notaríamos como en cualquier
historia no es solo el malo quien busca la enemistad del bueno, sino que el héroe
también necesita de su enemigo para poder darle razón a su existencia. La búsqueda
del adversario es bilateral.
En ese momento lo entendí los enemigos nunca son quienes
creemos que realmente son, si bien si existen las amenazas externas, generalmente
suelen ser creaciones nuestras, ya que el peor rival que todos podemos tener
somos nosotros mismos y nuestra capacidad infinita para generar enemigos que
pertenecen al exterior a fin de justificar nuestras propias falencias.
Desde ese día siempre miro dentro de mi ser para encontrar
que es lo que me impide avanzar, ya no lo busco afuera, porque la batalla más
grande que alguna vez vamos a librar va a ser contra uno mismo, y es
imposible que exista la remota posibilidad de ganarla si no identificamos al
enemigo real, nosotros.