Encontrarse ermitaños es algo muy extraño, e
incluso casi impensado, pero, en un pantano cercano a la localidad de Campana. En
la provincia de Buenos Aires, habitaba uno de ellos. Nadie sabía porque estaba
ahí, ni quien era. No tenía nombre, tampoco tenía trabajo, pero si dinero, o al
menos eso se creía, puesto a que cada
tanto se lo veía yendo al pueblo más cercano a comprar ropa, o elementos de
supervivencia. Este lugar era bastante inhóspito… incluso, algunos que vivían
en las cercanías de dicho pantano, aseguraban que se podían avistar
extraterrestres y/o fantasmas que provenían de este. El hombre, por su parte no
se enteraba de dichos sucesos, el simplemente vivía en su humilde choza, que
tras varios intentos fallidos, había logrado terminar.
Mezclando rocas y barro, había logrado fabricar
ladrillos de esta y levantar una pequeña construcción revestida en madera.
Todos los días salía a cazar reptiles, peces o pequeños mamíferos, que cocinaba
en una parrilla, también de barro, a su vez, su dieta incorporaba, también
raíces o pequeñas plantas que podía encontrar en el agua. Era feliz así, nadie
sabía por qué, pero nunca conversaba con otros seres humanos, y era incapaz de
sociabilizar, a pesar de que algunos si lo habían oído cantar. Los niños le
tenían terror, puesto a que muy rara vez salía de su casa sin estar armados,
los adultos pensaban que estaba loco, o que había sido un criminal que estaba
prófugo y muchos otros, estaban convencidos de que era un mito, que realmente,
no existía este señor.
Las expediciones a este lugar eran muy poco
frecuentes, puesto a las dificultades que presentaba ingresar al mismo, parecía
ser que la única persona que sabía cómo llegar, al corazón del pantano, era el
ermitaño. Sin embargo, cada tanto alguna que otra llegaba hasta su puerta.
Un buen día, en una de esas expediciones, apareció
ella. Una mujer preciosa, con una mirada penetrante y una sonrisa casi
imborrable que abarcaba todo su rostro. Era la mujer perfecta, por lo visto
logro cautivarlo, puesto que por primera vez, el ermitaño se presentó. Todos se
hicieron a un lado cuando apareció. No era difícil de entender, ya que rara vez
se bañaba, cortaba el pelo, las uñas o rasuraba su barba. La chica, por el
contrario, no tuvo miedo de acercarse, e incluso intento conversar con él, no
lo logro, pero quedó increíblemente cautivada e intrigada, por el misterio que
este hombre desvelaba. Con cierta timidez y cierto miedo, luego de fracasar
intentando comunicarse. El ermitaño, les mostro el camino a la salida del
pantano, a todos los expedicionarios.
Al día siguiente, la señorita, tuvo ganas de
volver a verlo y al ya conocer el camino, pudo hacerlo, sin necesidad de llevar
un equipo de colegas con ella. Intento comunicarse con él nuevamente y por
primera vez, pudo decir un par de palabras frente a otra persona. Si él, cada
tanto, iba a comprar al pueblo, pero simplemente señalaba con el dedo lo que
quería y luego pagaba sin siquiera emitir sonido. No obstante, ese día fue
diferente, después de conversar un poco,
decidió simplemente agarrar su mano, y esconderse de nuevo en su casa.
A medida que iban pasando los días, se iban
enamorando más, e iban ganando confianza el uno en el otro. Por dicho motivo,
ahora tenía un nombre, Leandro. También, ahora sabíamos, que los padres del
muchacho habían sido empresarios y por eso habían amasado una pequeña fortuna
que le alcanzaba para comprar las pocas cosas que necesitaba. Así como también,
había comentado, que en algún momento, fue un escritor, pero decidió alejarse
de la sociedad, debido a que se encontraba decepcionado, por la gran carencia
de solidaridad que en ella existía.
Al desarrollar sentimientos por esta mujer, y al
ver que no era como las personas con las que solía relacionarse antes, comenzó
a idealizarla… A pensar, que de alguna manera, era como él, que de alguna
manera ella también estaba alejada de la sociedad, y que por eso podía conectar
con ella.
Lamentablemente, la realidad no era así, la chica si
estaba inmersa en la comunidad, tenía un trabajo como todos, hacia sus compras
en el súper mercado y salía con sus amigos. A medida que fue pasando el tiempo,
intento convencerlo de que debía reincorporarse “al mundo”. Poco a poco lo fue
logrando, por lo que, una mañana, lo fue a buscar. Decidió cortarle el pelo y su barba, le pidió
que se ponga ropa nueva y lo llevo a la ciudad de Escobar en su auto, donde
pasaron varios días, intentando que Leandro pudiera adaptarse a la vida urbana
nuevamente. Finalmente, no pudo, y decidió marcharse.
Sin decir nada, salió a caminar e intento volver a
su pantano. Al llegar, destruyo su casa y se marchó para nunca volver. Fue
entonces que ella entendió que no podía cambiar su naturaleza, que había sido
un error intentar cambiarlo y que simplemente, tendría que haberlo aceptado
como era. Tras esta reflexión se dispuso a buscarlo. Si lo pudo encontrar o no,
es todavía un misterio.
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