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lunes, 27 de enero de 2020

Hashishin


Un hombre sirio corría velozmente entre los puestos del mercado, lo seguía detrás un nazarí que estaba dispuesto a matarlo. Tenía los ojos muy dilatados, eso era porque había tomado el té especial de su tribu, esto aumentaba sus sentidos y les otorgaba más frialdad para asesinar. Algo muy conveniente para su profesión.

 A pesar de su ventaja, el sirio era uno de los mejores militares de su pueblo y podía correr muchos kilómetros sin cansarse, incluso en la montaña.

-Deja de correr, tarde o temprano te atrapare, na vas a poder huir por siempre.
-No voy a dejar que ninguno de tu clan me asesine, a mí ni a ninguna otra persona de mi pueblo, ya han hacho suficiente daño.
- Ala me encomendó matarte, no es mi voluntad sino la suya, Ala es grande y sabe lo que hace, no descansare hasta cumplir su voluntad.

Siguieron persiguiéndose durante kilómetros y kilómetros, horas y horas. Mientras tanto, intercambiaban algún dialogo violento (sus pueblos eran rivales desde siempre).

Finalmente, se hizo de noche y Ala no permite matar en la oscuridad. Por lo que ambos tuvieron que ponerse a descansar, al día siguiente, seguramente se enfrentarían de nuevo.

El nazarí despertó ni bien asomaron los primeros rayos de sol. Sacó una pipa de su túnica y una hierba extraña. Luego de fumarla, volvió a buscar a su rival, quien se encontraba a pocos metros, aún dormido. Cuando el hombre sacó su cuchillo para cortarle la cabeza, el sirio se dio vuelta y con la daga que estaba empuñando, sin que esta fuera visible, le atravesó el estómago. Así murió el último heredero de los hashishins.