Un hombre sirio corría velozmente entre los puestos del
mercado, lo seguía detrás un nazarí que estaba dispuesto a matarlo. Tenía los
ojos muy dilatados, eso era porque había tomado el té especial de su tribu,
esto aumentaba sus sentidos y les otorgaba más frialdad para asesinar. Algo muy
conveniente para su profesión.
A pesar de su
ventaja, el sirio era uno de los mejores militares de su pueblo y podía correr
muchos kilómetros sin cansarse, incluso en la montaña.
-Deja de correr, tarde o temprano te atrapare, na vas a
poder huir por siempre.
-No voy a dejar que ninguno de tu clan me asesine, a mí ni a
ninguna otra persona de mi pueblo, ya han hacho suficiente daño.
- Ala me encomendó matarte, no es mi voluntad sino la suya,
Ala es grande y sabe lo que hace, no descansare hasta cumplir su voluntad.
Siguieron persiguiéndose durante kilómetros y kilómetros,
horas y horas. Mientras tanto, intercambiaban algún dialogo violento (sus
pueblos eran rivales desde siempre).
Finalmente, se hizo de noche y Ala no permite matar en la
oscuridad. Por lo que ambos tuvieron que ponerse a descansar, al día siguiente,
seguramente se enfrentarían de nuevo.
El nazarí despertó ni bien asomaron los primeros rayos de
sol. Sacó una pipa de su túnica y una hierba extraña. Luego de fumarla, volvió
a buscar a su rival, quien se encontraba a pocos metros, aún dormido. Cuando el
hombre sacó su cuchillo para cortarle la cabeza, el sirio se dio vuelta y con la
daga que estaba empuñando, sin que esta fuera visible, le atravesó el estómago.
Así murió el último heredero de los hashishins.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario