Me encontraba sentado en un parque, eran las cinco de la
tarde, y como siempre, había llevado mi merienda y me disponía a tomarla,
cuando de repente ahí apareció, delante mío se encontraba el rostro del horror,
el diablo personificado, la persona que me había robado eso que no había recuperado
nunca más, la capacidad de confiar plenamente en alguien, era aquel hombre que
alguna vez había considerado mi mejor amigo, aquel que me hizo sentir
traicionado por primera vez, aquel que me había apuñalado por la espalda y sin anestesia.
Pasó sin mirar a un costado y ni siquiera se percató de mi presencia,
pero yo si de la suya, esta no fue la única presencia de la cual me percate, el
miedo también estaba ahí, sentía como invadía todo mi cuerpo, mis pupilas se
dilataban, mis músculos se contraían y cada rincón de mi ser se llenaba con
adrenalina en su estado más puro.
Mientras esto sucedía comencé a preguntarme si debía ir hacia
donde él estaba, recorrer esos cincuenta metros y decirle lo que sentía, o si
era mejor quedarme donde estaba y hacer de cuenta de que este momento no existió.
No iba a desperdiciar la oportunidad que la vida me había puesto en frente, la
oportunidad de cerrar una etapa, así que me acerque al banco en el que el chico
se encontraba y le dije lo que sentía. Yo nunca había sido una persona
rencorosa, por lo que, además de decirle lo mal que la había pasado por su
culpa, y lo mucho que había sufrido, también le dije que lo perdonaba, ya que
parte de la culpa también había sido mía.
Ese capítulo de mi vida había quedado por fin cerrado, nunca más
pensé en el tema.
Que importante para mí fue poder enfrentar el miedo, y
haberme expuesto a una situación la cual podría haber terminado muy mal, pero
como siempre las consecuencias que pude imaginar fueron mucho peores que las
consecuencias reales. Por eso es que siempre, o casi siempre, elijo enfrentar
al miedo, jamás dejaría que este me consuma, después de todo, la valentía es un
valor mucho más noble que la cobardía.
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