Penny y yo caminábamos por la playa.
Era una noche cerrada, donde la arena blanca brillaba por la luz de la luna que
se mostraba grande en el firmamento, junto a un conjunto de estrellas
impresionante.
Ella, que era una dama de gran
belleza, andaba con paso firme a mi lado. Buscábamos el jeroglífico encantado,
que era una reliquia antiquísima. Según la leyenda, estaba impreso en la arena,
desde hacía ya miles de años.
La pequeña, ya cansada, me miraba con
cierto desprecio después de caminar tanto sin haber encontrado nada. Ya habían
pasado más de dos horas, pero yo... Con mi antorcha en mano, seguía
esperanzado.
No sé bien cómo pasó, pero después de
caminar toda la noche, al amanecer, el jeroglífico apareció delante de mi
nariz, supuestamente era visible solo de noche, pero no fue así. Era verdaderamente,
hermoso.
Sin embargo, cuando voltee para
mostrárselo a Penny, ella ya no estaba. En ese momento sentí que mi búsqueda no
había valido nada. Pero claro... A quién se le ocurre salir a pasear por la
playa con una gata negra de noche, lo más probable era que se fuera a perder.
Encontré el tesoro pero perdí a mi compañera.
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