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lunes, 26 de octubre de 2020

El estanciero

Todos los viernes nos juntábamos con mis amigos a jugar juegos de mesa. Éramos un grupo de cinco personas, tres chicos y dos chicas, que nos conocíamos desde hacía muchísimos años... Éramos muy buenos amigos

Nos juntábamos en una casa, a veces la mía, otras la de algún otro, armábamos una picada, comprábamos un par de cervezas y nos poníamos a jugar. Esta vez tocaba en la casa de Germán, generalmente jugábamos al ludo o alguno de los juegos que tenía él en su casa, pero como yo había comprado un juego nuevo, decidí llevarlo esta vez.

Se trataba de El estanciero, pero no su versión clásica, sino una nueva de edición especial.... Y no, realmente era el mismo juego solo que en vez de fichas de caballos tenía camionetas pick-up, o al menos eso se veía a simple vista. De todas formas el juego era muy divertido.

Una vez habíamos terminado de comer y ya al borde de reventar, nos sentamos alrededor de la caja y procedimos a repartir las fichas para empezar a jugar. Éramos cuatro jugadores: Daniel, Julia, Diana y yo. Germán se ofreció para oficiar de banco, por lo que luego de haber repartido los muñequitos, comenzó a repartir el dinero correspondiente a cada jugador.

Al colocar las fichas en el tablero, emergió del centro del mismo un edificio que aparentaba ser un banco... Tal era su magnitud, qué todos quedamos dentro de él.

Todos:- ¿Qué clase de juego compraste?

Yo:-No sé, pero esto está buenísimo, jajajaja ¿Será un inflable o algo así?

Germán:- No creo las paredes son de concreto

Yo:- Dale sí, y el juego tiene poderes mágicos

Daniel:- Man es enserio... Las paredes son de concreto

Yo:(tocando la pared)- Ah sí, es verdad ¿Y ahora qué se supone que hagamos?

Julia:- Esperemos, es como en esas películas dónde quedan atrapados adentro del juego, ya nos va a decir

Luego de unos segundos el piso se abrió y de este emergieron dos dados. Automáticamente Germán quedó preso en una caja del banco, no podía salir de su cubículo. Al mismo tiempo, yo me transformé en una camioneta 4x4 y mis otros amigos cada uno en sus respectivas fichas. Era algo extraño tener un tanque de combustible en vez de panza y un motor a combustión en vez de corazón, pero la sensación era fantástica. Acelerando un poco di vuelta los dados. Entre los dos, sumaban nueve. Todos mis compañeros hicieron lo mismo, y cuando terminamos aparecimos en el campo.

Una vez allí quise acelerar, pero no pude, le tocaba a Diana ser la primera, porque había sacado diez. Ella que era un tractor, aceleró hasta los diez metros. Posteriormente de izquierda a derecha fuimos avanzando todos. Mientras avanzábamos, aparecía Germán, quien todavía era una persona, aunque se proyectase como holograma y cumplía con las órdenes del casillero.

En mi caso, me tocaba un pinchazo, que me hiciera perder un turno, con un alfiler pinchó mi cubierta trasera del lado izquierdo. A otros les aparecían campos vacíos que podían comprar y a otros les ofrecian recompensas económicas. A medida que el juego iba avanzando, Germán se encargaba de ejecutar todas las acciones que correspondían.

Una vez que entendimos la dinámica del juego, seguimos jugando, no por diversión, ni por competir, sino por mera Inercia. Comerciábamos, negociábamos, ganábamos, perdíamos. Sin embargo, nada importaba, solo lo hacíamos…

Para cierto punto, ya ni siquiera hablaba con los otros jugadores, lo único que podía escuchar era el rugir de mi motor y las instrucciones de los casilleros. En mi tablero podía observar cuánto dinero me quedaba y qué terrenos del mapa poseía.

Jugamos durante horas, días, meses, no lo sé con exactitud, solo sabía que al mover los dados mi motor avanzaba y al llegar a una casilla, el banquero ejecutaba acciones. A veces me beneficiaban, a veces me perjudicaban...

La cuestión es que llegado el momento me quedé sin dinero, fui el primero de todos en hacerlo. Me transporte a uno de mis terrenos y lo hipoteque, luego otro, otro y otro, hasta hipotecarlos todos...  Poco a poco iba quedando cada vez más pobre y con menor capital. A la larga, terminé perdiendo absolutamente todo, quedando en banca rota.  Cuando sucedió eso, inmediatamente la tierra se abrió y desaparecí del mapa.

Poco después, desperté en mi habitación, parecía todo normal, era un humano nuevamente... Pensé que había sido solo un sueño. Me levanté y fui al baño, mientras trataba de recordar todo lo que había pasado. Había sido un sueño muy extraño, al principio parecía divertido, pero luego se puso cada vez más tétrico y terminó siendo una pesadilla.

Decidí escribir en el grupo de WhatsApp lo que había pasado, pero nadie contesto... Ese día no le di mucha importancia, supuse que todos dormían y me volví a acostar.

Al otro día a la mañana, llamo Julia, había soñado lo mismo que yo, solo que ella era una cosechadora en vez de una camioneta. Atando cabos, comenzamos a sospechar que no era un sueño, sino que fue real. Por lo que decidimos ir a la casa de Germán a buscar el juego. Diana que también había despertado nos acompañó.

Nos reunimos ese mismo día dos horas más tarde de haber conversado sobre lo sucedido. Cuando llegamos, encontramos el juego sobre la mesa, las fichas dispersas por todo el living y a nuestros dos amigos moviéndose por el tablero sin poder escapar nunca más. Tratamos de sacarlos utilizando diferentes métodos,  pero todo fue inútil, habían quedado ahí para siempre. Los tres quebramos en llanto, nuestros amigos habían tenido peor destino que la muerte.

Esperamos días, meses y años, pero ellos jamás volvieron y yo nunca pude dejar de culparme por ello, así como nunca pude dejar de sentir que un pedazo de mi alma había quedado allí también. Cuentan por ahí que si comprás uno de esos juegos, la cara de ellos dos aparece en el dorso de la caja, al igual que la de todos los "ganadores" En lo particular, nunca más me animé a jugarlo. Aunque quién sabe, tal vez algún día los pueda salvar. 

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