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martes, 29 de enero de 2019

Odiar antes que amar


Era un día de mucho calor en la ciudad de Buenos Aires, el asfalto quemaba, los cuerpos transpiraban, y en los kioscos, el agua mineral, cotizaba más que nunca.

Pasaba entonces por la calle, casi sofocado, un joven de dieciocho años, que iba a realizar su primera entrevista de trabajo. Se presentaba muy entusiasta y con una sonrisa en el rostro. Llevaba en su mochila, una copia de su C.V;  una notebook, en la cual llevaba sus apuntes de la facultad y un panfleto, que decía “viva la libertada carajo”.

Mientras iba caminando, se cruzó con una mujer, que le pareció bastante atractiva. Vestía de una manera bastante formal, pero a la vez provocativa, seguramente por las altas temperaturas, sin embargo, eso nuestro amigo le fascinaba. No obstante, rápidamente, pudo notar, que en su cartera, llevaba un pin de color rojo furioso, el cual, presentaba en el centro una oz y un martillo, de color amarillo.

Al ver esto último, la sonrisa del muchacho se desfiguro completamente, apareció en su rostro, entonces, una mueca de desprecio, ahora un poco más fastidiado y menos sonriente, siguió caminando a su destino.

Al llegar, se presentó muy cordialmente,  demostró lo que sabía hacer y realizo la mejor “performance” que pudo, para congraciar a su entrevistador. No obstante, no consiguió el puesto, debido a su corta edad. Furioso, tomo sus cosas y se dirigió al bar más cercano. Esperaba, que con una buena merienda, pudiera sacarse la amargura que le había quedado en la boca tras esos sucesos tan desafortunados.

Ya en el bar, busco una mesa y saco su celular, se disponía a leer y responder los mensajes que tenía pendientes. Aunque, fue sorprendido por una voz dulce y armoniosa. “Buenas tardes, ¿Qué te sirvo?”, pregunto la camarera.

Al levantar la vista, el hombre la reconoció rápidamente, era la chica que se había cruzado anteriormente. “Un café negro y dos medialunas”, respondió en tono gruñón.

La moza, un poco molesta, anoto el pedido y se lo alcanzo. Sin embargo, al volver a la mesa, notó la expresión de tristeza que el libertario, presentaba, y debido a que ya no había gente en el bar. Decidió sentarse y preguntar que le había sucedido.

Bastante sorprendido, el muchacho continuo con la conversación, y después de un rato hablando con la joven, volvió a sonreír.

viernes, 11 de enero de 2019

¿Libertad de expresión?

La libertad de expresión es una de las libertades fundamentales y naturales de los seres humanos. A excepción de un extremista con ideales totalitarios y autoritarios, cualquiera, estaría de acuerdo en este concepto.  Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo, tanto en nuestro país, como en el mundo, cada vez es más difícil admitir que uno piensa diferente a la “ideología oficial”, y a su vez distinto a la “ideología opositora”. Que uno piensa por sí mismo en definitiva…

Ejemplo de esto, es que si uno dice “a mí no me gusta Cristina”, lo tildan de Macrista; “A mí no me gusta el capitalismo”, lo tildan de Marxista;  “A mí no me gustan ni el pañuelo verde, ni el naranja”, lo tildan de católico y  de fascista. Es más, existen sujetos, que podrían considerar incongruente que a una persona, no le guste el capitalismo y tampoco le guste el pañuelo naranja y la ideología que conlleva. Hasta ese nivel hemos llegado. Se nos etiqueta por todo y quien no entre en la etiqueta “buena”, es el malo, el insensible. ¿Cuál es el problema de esto? Que se nos impone una manera de pensar bifocal, o estas a mi lado, o en mi contra. No existe una tercera posición, no tiene cabida y es una herejía.

Se genera entonces, un vacío ideológico en la sociedad, una carencia de pensamiento, que hace que a la hora de votar, la mayoría de la población escoja a cualquier perejil. No porque le guste, sino porque está en contra de…  Y algo aun peor, logra, que casi nadie conciba una forma de organización política distinta a la republicana de “centro izquierda” o “centro derecha”. Además, existen otras consecuencias, como menor tolerancia y mayor agresividad, por parte de los individuos que llevan la bandera de determinado colectivo. Intente discutir con un progresista, a ver si no le dice que es un asesino. Intente discutir con un conservador y evite que le diga que es un inmoral.
¿Por qué sucede esto? Porque desde la clase política, a través de los medios masivos, y de los centros educativos, se nos inculca, que no importa el bando, ni lo que se piensa, sino destruir al enemigo.  Ridiculizar a quien no adhiere al paquete de ideas que yo propongo, en vez de argumentar. Lo cual sería mucho más sano.

¿Cuáles son las consecuencias? Que por miedo a la condena social, uno se termina callando, sin exponer abiertamente lo que piensa.

Decir hoy en día, “no me gusta”, parece ser sinónimo de “te odio, ofendete”. Y no es así. Entonces ahí la libertad de expresión se ve diezmada. No se puede pensar distinto al oficial o a su “contrario”, que si lo analizamos bien, estos últimos, casi siempre terminan siendo bastantes parecidos. Porque nadie va a escuchar esa opinión, ni va a velar por la libertad y seguridad de ese ser humano que la transmite. Probablemente vayan a atacarlo, desde los colectivos, e incluso desde el estado.
Pruebe sino, decir que es fascista, anarquista o que cree en la filosofía de Jean-Jacques Rousseau. Pruebe decir: “Soy progresista, pero no vegano, ni feminista”. “Soy conservador, pero considero que el aborto no se debe penar”. Lo más probable es que le digan que es un ignorante, lo silencien, lo tilden de loco/de extremista, lo escrachen y/o lo denuncien. A quien no piensa “como es debido”, se lo censura.  Tiene que andar siempre explicando porque piensa tal o cual cosa y evitando ofender a quien se crea moralmente superior.
Desde la óptica del moralista, es inconcebible mantener conceptos individuales y no paquetes, por eso si uno es feminista, tiene que ser también progresista, pero no… Cada uno debe y tiene que ser, lo que considere moralmente correcto, independientemente de si el otro piensa igual o distinto. Porque mientras que a ese otro se lo ame y se lo respete, no existe ningún inconveniente que no se pueda solucionar.

Estamos viviendo en tiempos muy oscuros, donde pensar y expresar lo que se piensa puede ser considerado un acto de odio, que puede ser, incluso, penado con la cárcel. A Baby Etchecopar, lo imputaron solo por decir, de una manera violenta, que no le gusta un colectivo que utiliza el eslogan de, “muerte al macho”. Parece ser que eso último no es crimen de odio, pero decir “tortillera hija de puta” si lo es.

No es reivindicable una persona que dice “tortillera hija de puta”, al contrario, es repudiable, pero también lo es decir “muerte al macho”. Sin embargo, ninguno de los dos, merecen una pena judicial, porque de suceder eso, se atentaría contra la libertad de expresión. Seria persecución política y se utilizaría un mecanismo de censura.

No permitamos que se nos calle, no permitamos que se nos obligue a pensar como los otros quieren, no permitamos que se nos maneje. Tengamos pensamiento crítico, y sepamos decir no, cuando algo no nos gusta y nos parece injusto. Sepamos decir si a lo que nos parece justo, y seamos activistas de esa causa.

No tengamos miedo a no pertenecer, o a ser juzgados, porque cuando un dedo te señala, tres señalan a quien te está acusando. Cuando de ideologías se trata, el lugar incomodo, suele ser el lugar correcto.