En la
china feudal existía un gran artista marcial, alguien que había ganado todos
sus combates, un luchador casi invencible, al que nombraban Wang. Él entrenaba
muy duro y poseía una técnica casi infalible, dominaba más de veinte estilos de
artes marciales y era un experto maestro en todos ellos.
Casi
todos los chinos y extranjeros lo admiraban, algunos afirmaban que era la encarnación
de Dios en la tierra. Otros más modestos que era el rey del Kung fu y algunos
más alocados, que era el inventor del Kung fu, aunque esto realmente era un
mito.
Algunos
valientes, o inconscientes, creían que no era para tanto y se animaban a enfrentarlo
y salían muy mal heridos, en menos de diez minutos dejaba a cualquiera fuera de
combate. Wang, poseía un invicto de cien victorias consecutivas, tanto en
torneos y enfrentamientos callejeros como exhibiciones que se hacían para el público
en general.
Un día,
un monje, Ming, se acercó y le preguntó al maestro cómo hacía para ganar todos
los combates. Él respondió que al conocer muchos estilos de pelea y estar muy
bien entrenado, podía intuir con solo ver la pose inicial, todos los
movimientos de su adversario y que de esa manera, podía pensar como
contraatacar y poder ganar todos los combates sin que siquiera lo tocaran sus
adversarios. Ming escucho muy atentamente sus palabras, le agradeció por la conversación
y se retiró.
El monje se dirigió
a un templo en las montañas, donde se recluyo voluntariamente. Y tras tres años
en los que estuvo de claustro entrenando, desafío al artista marcial a un
combate callejero. Este confiado, se arrimó y le pidió que se saludaran. Tras
hacerlo, hubo algo que a Wang lo
desconcertó. Ming seguía en posición de descanso, a pesar de estar en un ámbito
de batalla.
El
maestro, decidió entonces adoptar el estilo cauteloso, el del Wing-Chung y
procedió a atacarlo. Rápidamente, el Shaolin, esquivo sus golpes y le dio una
patada en la rodilla que lo hizo tambalear un poco. Posteriormente, si tomó una
pose de batalla, que se parecía a la que estaba utilizando Wang, quién volvió a
atacar. De nuevo, el monje se defendió, de una manera tan rápida que absolutamente
ninguno de los presentes lo vio, sin embargo, esta vez lo derribó y fracturo su
pierna derecha.
Una vez
en el suelo, el maestro preguntó: "¿Qué técnica utilizaste?"
Y el monje
en tono sobrador respondió: “Ninguna, sí la hubiera utilizado, entonces habrías
ganado. Simplemente me dejé llevar y sabía que tarde o temprano ibas a caer”