La libertad de expresión es una de
las libertades fundamentales y naturales de los seres humanos. A excepción de
un extremista con ideales totalitarios y autoritarios, cualquiera, estaría de
acuerdo en este concepto. Sin embargo, a
medida que va pasando el tiempo, tanto en nuestro país, como en el mundo, cada
vez es más difícil admitir que uno piensa diferente a la “ideología oficial”, y
a su vez distinto a la “ideología opositora”. Que uno piensa por sí mismo en
definitiva…
Ejemplo de esto, es que si uno dice
“a mí no me gusta Cristina”, lo tildan de Macrista; “A mí no me gusta el
capitalismo”, lo tildan de Marxista; “A mí
no me gustan ni el pañuelo verde, ni el naranja”, lo tildan de católico y de fascista. Es más, existen sujetos, que podrían
considerar incongruente que a una persona, no le guste el capitalismo y tampoco
le guste el pañuelo naranja y la ideología que conlleva. Hasta ese nivel hemos
llegado. Se nos etiqueta por todo y quien no entre en la etiqueta “buena”, es
el malo, el insensible. ¿Cuál es el problema de esto? Que se nos impone una
manera de pensar bifocal, o estas a mi lado, o en mi contra. No existe una
tercera posición, no tiene cabida y es una herejía.
Se genera entonces, un vacío ideológico
en la sociedad, una carencia de pensamiento, que hace que a la hora de votar, la
mayoría de la población escoja a cualquier perejil. No porque le guste, sino
porque está en contra de… Y algo aun
peor, logra, que casi nadie conciba una forma de organización política distinta
a la republicana de “centro izquierda” o “centro derecha”. Además, existen
otras consecuencias, como menor tolerancia y mayor agresividad, por parte de
los individuos que llevan la bandera de determinado colectivo. Intente discutir
con un progresista, a ver si no le dice que es un asesino. Intente discutir con
un conservador y evite que le diga que es un inmoral.
¿Por qué sucede esto? Porque desde
la clase política, a través de los medios masivos, y de los centros educativos,
se nos inculca, que no importa el bando, ni lo que se piensa, sino destruir al
enemigo. Ridiculizar a quien no adhiere
al paquete de ideas que yo propongo, en vez de argumentar. Lo cual sería mucho más
sano.
¿Cuáles son las consecuencias? Que
por miedo a la condena social, uno se termina callando, sin exponer
abiertamente lo que piensa.
Decir hoy en día, “no me gusta”,
parece ser sinónimo de “te odio, ofendete”. Y no es así. Entonces ahí la
libertad de expresión se ve diezmada. No se puede pensar distinto al oficial o
a su “contrario”, que si lo analizamos bien, estos últimos, casi siempre
terminan siendo bastantes parecidos. Porque nadie va a escuchar esa opinión, ni
va a velar por la libertad y seguridad de ese ser humano que la transmite. Probablemente
vayan a atacarlo, desde los colectivos, e incluso desde el estado.
Pruebe sino, decir que es fascista,
anarquista o que cree en la filosofía de Jean-Jacques Rousseau. Pruebe decir: “Soy
progresista, pero no vegano, ni feminista”. “Soy conservador, pero considero
que el aborto no se debe penar”. Lo más probable es que le digan que es un
ignorante, lo silencien, lo tilden de loco/de extremista, lo escrachen y/o lo
denuncien. A quien no piensa “como es debido”, se lo censura. Tiene que andar siempre explicando porque piensa
tal o cual cosa y evitando ofender a quien se crea moralmente superior.
Desde la óptica del moralista, es inconcebible
mantener conceptos individuales y no paquetes, por eso si uno es feminista,
tiene que ser también progresista, pero no… Cada uno debe y tiene que ser, lo
que considere moralmente correcto, independientemente de si el otro piensa
igual o distinto. Porque mientras que a ese otro se lo ame y se lo respete, no
existe ningún inconveniente que no se pueda solucionar.
Estamos viviendo en tiempos muy
oscuros, donde pensar y expresar lo que se piensa puede ser considerado un acto
de odio, que puede ser, incluso, penado con la cárcel. A Baby Etchecopar, lo
imputaron solo por decir, de una manera violenta, que no le gusta un colectivo
que utiliza el eslogan de, “muerte al macho”. Parece ser que eso último no es
crimen de odio, pero decir “tortillera hija de puta” si lo es.
No es reivindicable una persona que
dice “tortillera hija de puta”, al contrario, es repudiable, pero también lo es
decir “muerte al macho”. Sin embargo, ninguno de los dos, merecen una pena
judicial, porque de suceder eso, se atentaría contra la libertad de expresión.
Seria persecución política y se utilizaría un mecanismo de censura.
No permitamos que se nos calle, no
permitamos que se nos obligue a pensar como los otros quieren, no permitamos
que se nos maneje. Tengamos pensamiento crítico, y sepamos decir no, cuando
algo no nos gusta y nos parece injusto. Sepamos decir si a lo que nos parece justo,
y seamos activistas de esa causa.