La pareja del 8°c, un penhouse
hermoso, ubicado en el corazón de Buenos Aires, era inseparable, siempre
andaban juntos, cada uno era el complemento perfecto del otro. Casi de manera
simbiótica, se apoyaban mutuamente, para poder conseguir cualquier cosa que
alguno de los dos, se propusiera. Se decía que trabajando juntos lograban
cualquier cosa y era verdad, realmente eran muy exitosos tanto en los negocios,
como en su vida social.
Lamentablemente, no todas las
historias son bonitas. Un día ella comenzó a ausentarse a las reuniones de
trabajo, lo cual a él lo complicaba bastante, sin su amada le era más difícil
conversar con los clientes. A la par de esto, ya casi no se los veía caminar
juntos por las calles. Seguía el señor, mostrándose con su temple de caballero, la frente en alto
y una sonrisa de oreja a oreja, tratando de ser la mejor versión posible de sí
mismo, de no decaer. A pesar de estar dolido por ya no pasar tanto tiempo con
su mujer.
Lo mataba la intriga de saber por
qué se ausentaba, y a dónde iba, más aun con quién. Ella era muy inteligente, por lo que siempre
podía evadir sus preguntas de una manera sutil y efectiva, no le contaba nadad,
pero el hombre lo intuía todo. Siempre decía: "ni el más astuto del mundo,
lo es más que yo". Sonará egocéntrico, pero era cierto... Ni siquiera los
más inteligentes de la historia, hubiesen podido con su audacia e intuición,
era casi como un sexto sentido. Ahora le había llegado la hora de ponerlo a
prueba con su esposa.
Empezó a investigar, a indagar,
consultar a sus amistades... La seguía por las calles, revisaba su celular,
consultaba con quien había estado y cuando. Se sentía terriblemente mal por hacerlo. Como la peor de las escorias,
realmente como una basura, pero al no saber la verdad de lo que estaba pasando
y ya sin poder confiar en ella. Sabía que la debía averiguar a como diera lugar.
Finalmente, al cabo de pasar
varios días indagando y teorizando, se enteró. Tenía un amante. Un joven alto y
distinguido que vivía a pocas cuadras de su casa, también empresario.
Aparentemente, ella lo conocía desde hacía mucho tiempo y últimamente se veían
con mucha frecuencia. Así lo había descubierto él mismo, mientras salía de una reunión
de negocios, a la cual ella no acudió.
Entonces, al llegar la señora a
su casa, el hombre se le acercó y le
consultó qué había pasado. Donde había estado.
Como era de esperarse, ella lo
evadió nuevamente, acusando que su madre estaba enferma y la tenía que cuidar.
Fue entonces, cuando él sacó su celular
del bolsillo y le comento que mirase el registro de llamadas. “Suegrita”, era
el último llamado que había realizado.
- La llame porque quería saber cómo
estaba, hace mucho que no la veo y quería invitarla a comer la semana que
viene. Por esa razón, sé que, ni está enferma ni vos estuviste ahí.
-Bueno es que…
-Antes de que me digas nada, mira
la galería, más precisamente las dos últimas fotos… Si, esas sos vos, sé de
donde salías y a quien viste. No trates de engañarme, sabes bien que no se
puede. Me podre hace el tonto a veces… pero yo sé todo lo que pasa.
-Perdón, me enamore de él, no sabía
cómo decírtelo, yo siempre le guste, y lo sabes… intentaba evitarlo como podía,
pero no me resistí a la tentación, las cosas entre nosotros no iban bien y
bueno no supe cómo manejarlo. Realmente no quería que te enteraras así, pero al
menos ahora ya conoces la verdad.
-¿Qué puedo decirte? Yo sé lo que
es amar mucho a alguien, no puedo juzgarte, anda con él y espero sean felices,
lo único que te pido es que por favor no vuelvas, me da mucha pena, pero si vos crees que tu futuro es con él
y no conmigo, lo acepto y lo comprendo.
A pesar de su apariencia
tranquila, y de sus palabras, tan altruistas. Él sabía que no eran más que una hipocresía
para no mostrarse tan afectado, no entendía
que había pasado... Hacia unos meses estaban buscando un hijo, tenían una de
las mejores convivencias posibles y ahora…
Él, no era capaz de imaginarse la
vida sin su amada, literalmente, sin ella no era nada. Pero no quiso mostrarle
lo mal que se sentía, ni a ella, ni a nadie, por lo que intento seguir con su
vida como si nada hubiese pasado.
No obstante, a través de los
días, el cuerpo comenzó a manifestar lo que su alma no exteriorizaba, de a poco
empezó a adelgazar, a perder el pelo, el brillo en la mirada y hasta la
motivación para vivir, era como si una aspiradora drenara su alma poco a poco,
hasta que ya no quedara nada de lo que alguna vez había sido. Estaba
completamente consumido y devastado.
Tras varios meses, ya ni siquiera
salía de su casa y solo se limitaba a comer y a dormir, de todos modos había perdido
casi todo su dinero, por lo que no le quedaba mucho por hacer. Casi sin pelo, y
con un peso de apenas cuarenta y cinco kilogramos, hasta le era difícil
realizar tareas simples como lavar los platos o cambiarse de ropa. Imagínense lo
que pasaba con sus negocios.
Un buen día, ya sin un peso y cansado
de seguir en este estado deplorable, decidió por quitarse la vida, tomando un
cuchillo de cocina, realizó una incisión en el medio de su pecho, y abriéndola
con precisión de cirujano, retiró su corazón. Teniéndolo en la mano, lo miró
detenidamente y se dispuso a morir
desangrado, notando como poco a poco dejaba de latir y como sus ojos se
cerraban, mientras su alma se desvanecía.
Al instante de su muerte, un gato
pasó por la ventana del departamento y
se detuvo a mirar, allí, vio a la mujer, luciendo un vestido negro, con el
corazón en la mano, el cadáver a los pies y una macabra sonrisa en el rostro.