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lunes, 10 de febrero de 2020

Recuerdos de juventud

Hoy ya tengo unos ochenta años y viví muchísimas cosas. Hoy voy a contarles una de ellas, una anécdota de tantas que tengo, tiene que ver con el barrio en el que crecí y lo que hacía cuando era más joven... Fue un momento de mi vida que me marcó muchísimo.

Mi barrio era un lugar hermoso, tenía muchas plazas, grandes escuelas, un hermoso hospital y sobre todo, lo que más me gusta, una sociedad de fomento, en la que hacíamos distintas cosas para el barrio. Ahí tenía muchos amigos, que me fui haciendo a lo largo de los años. Nos reuníamos todos los viernes. En las reuniones tratábamos las distintas problemáticas que podían surgir, cosas importantes, como conseguir financiamiento, tanto de los vecinos como estatal, para la cooperadora del hospital y las de las escuelas. De esta manera podíamos comprar insumos, pintar las paredes, etc...

Esta vez en particular, estábamos juntando firmas para dar una charla de concientización sobre reciclado y economía del hogar sostenible. Ninguno de nosotros era un gran experto, pero nos las ingeniábamos... De todos modos esto último no viene al caso.

Lo importante es que a pesar de tratar estos temas súper importantes, no dejábamos de divertirnos, como dije, éramos muy amigos todos. Sobre todo porque el grupo no era tan grande, apenas unas veinte personas. En las reuniones, tomábamos algunos tragos, comíamos distintas cosas y sobre todo reíamos mucho.

Un día de tantos, estaban fumigando el lugar donde funcionaba  la sociedad de fomento. Entonces, a uno de mis compañeros se le ocurrió que ese viernes, podíamos trasladar la reunión a su casa. Era un hombre muy extraño, de una contextura física parecida a la mía, pero con una sonrisa muy sombría y sus ojos… Hay gente que dice que los ojos son la ventana del alma, pues… el parecía no tener alma. A pesar de todo era un buen hombre, por lo que tampoco me parecía bien desconfiar tanto de él, tal vez solo era cosa mía.

Cuestión que la reunión, esa vez, se hizo en su casa. Cuando empezamos a llegar, nos ofreció limonada con jengibre y menta, también hielo. Yo en ese momento no tenía sed por lo que no la tomé. Era muy insistente con que la probemos, pero yo no lo hice.Siguió ofreciendo e insistiendo durante largo rato, vaso tras vaso la jarra se iba vaciando.

Al cabo de unas horas, algunos empezaron a sentirse mareados y un par se desmallaron. Intente ayudarlos, pero sin importar lo que hiciera terminaban muriendo.

Él comenzó a hacerse el sorprendido, pero realmente sabía bien lo que pasaba... Antes de que todos llegaran, puso un poco de arsénico líquido en los hielos, apenas unas gotitas, casi imperceptible, pero lo suficiente como para matarlos a todos… Al menos eso decía la pericia forense.

Fui yo el que llamó a la policía acusando el asesinato. Yo termine en la cárcel, me dieron 15 años y el otro terminó en la morgue… Aún recuerdo sus últimas palabras, no dude en hacerlo después de oír lo que dijo.

“Al fin lo hice, odiaba a todas estas personas y a esa sociedad de fomento berreta, todo el día molestando para poder recaudar fondos y hacer pelotudeces en el hospital, en la escuela y en esas plazas roñosas. Realmente a nadie le importaban y no servían para una mierda. Que feo fue tener que fingir durante un año que eran mis amigos, al fin los pude hacer desaparecer, que mal que no haya podido terminar el trabajo y me quedaras vos. Es lo único de lo que me arrepiento”.

Yo no, no me arrepiento de lo que hice y si lo volviera a vivir, lo haría de nuevo.