Un buen día, yo me encontraba
realizando una exploración en un bosque cercano a la ciudad de Buenos Aires.
Resulta que yo soy doctor homeopático y, estaba buscando una planta de la cual
me había hablado un amigo mío.
En teoría, dicha planta, podía curar todos
los males, desde el resfriado común, hasta el sida, pasando por todos los tipos
de canceres. Así de milagrosa era esta planta. Me habían comentado que poseía
unas flores rojas de gran tamaño y que presentaba un tallo de un amarillo
verdoso muy particular. Que iba a ser fácil para mí reconocerla.
Tras caminar durante largas horas,
dentro de ese bosque, finalmente la encontré. Una planta realmente hermosa, que
desprendía un néctar muy dulce. Lo sé porque decidí beberlo, hacia demasiado
calor, había caminado durante muchas horas y necesitaba ver si su efecto
curativo era real. Planeaba curarme de mi alergia al polen. Por lo que, después
de beber el néctar, me disponía a ingerir polen de la flor de al lado. Sin
embargo caí desmayado.
No sé cuánto tiempo pasó después de
haberme desmayado. Solo sé que desperté en otro lugar. Era la casa de un hombre
de una edad bastante avanzada. Cuando desperté, él apareció. Me pidió que me
sentara y me ofreció un té. Estaba muy rico por cierto. Le pregunte qué había
pasado y me respondió que me trajeron a su casa puesto que me había desmayado
en el bosque y uno de los lugareños me encontró así y me llevo para que me
asistiera. Mientras tomábamos el té, comenzó a contarme su historia y nos
pusimos a conversar
- Me llamo José, soy el doctor del
pueblo, hace varios años me mude a este lugar para tener una vida más
tranquila. Después de amasar una pequeña fortuna, decidí retirarme de la ciudad
y comenzar de nuevo en este lugar, conectado con la naturaleza. Aquí atiendo a
todos a los niños, a los adultos y a personas de otros pueblos. ¿Podrías
contarme que fue lo que te paso así puedo ayudarte?
-Yo también soy doctor, estaba
buscando una planta especial, que decían que puede curarlo todo. Tome de su
néctar y me desmalle.
- Me temo señor, que esas son todas
patrañas, no existe tal planta milagrosa, de hecho probablemente tomó el néctar
de la planta de flores rojas ¿o me
equivoco?
- Efectivamente, sí
- Me temo que es una planta venenosa.
Admiro su entusiasmo, me recuerda a mí cuando era joven, pero debe tener más
cuidado, no puede andar probando todas las plantas así como así. Es un milagro
que no le pasara nada, pero podría haber muerto.
-Tiene razón, fue imprudente de mi
parte
-Por suerte para usted lo encontraron
a tiempo. Tómese esta pastilla, le va a hacer bien. (Puso su mano en el
bolsillo y saco un blíster con varios comprimidos). Es para desintoxicarse,
probablemente todavía pueda generar vómitos o diarrea, pero por lo menos no va
a pasar más de eso.
Puede quedarse aquí unos días si lo
desea y de paso contarme más sobre su investigación.
Decidí aceptar la oferta del doctor, y
me quede en su casa durante varios días. Mientras tanto, el controlaba mi
estado de salud. Realmente era muy hospitalario. Se encargaba de que comiese
bien, que tomara mucha agua y de que me encontrase cómodo todo el tiempo.
En las noches, José prendía un hogar a
leña y me servía su famoso té, en ese momento, es que yo le narraba mis
aventuras e investigaciones. El prestaba especial atención, parecía recordar
sus antiguas andanzas y revivir cada una de ellas, mientras yo las relataba.
Luego de terminar el té, apagaba el fuego, subía las escaleras y se iba a
dormir. Yo por mi parte, me acostaba en el sofá, tapándome con una manta que me
había prestado.
El hombre, a veces en la cena o en el almuerzo, también contaba sus
aventuras, eran también muy interesantes, y se notaba que escondían un gran
misterio. Durante años, se había pasado investigando diversas plantas para
curar diferentes enfermedades. Siempre hablaba de los procesos de investigación
y los efectos de las plantas, pero nunca me contaba las conclusiones de sus
investigaciones. Tal vez haya sido porque era celoso de sus logros, o porque
intentaba hacerse el misterioso.
Después de varias noches, siguiendo
esa rutina, decidí volver a Buenos Aires, después de todo, hacía rato que me
sentía mejor y debía volver a trabajar. Estaba bastante frustrado porque no
había podido encontrar la flor “milagrosa”, sin embargo, me había llevado una
grata experiencia al compartir un tiempo con este buen señor.
Mientras volvía pensaba en que me
había curado realmente rápido y que me quede solo porque me resultaba
interesante, observar el cómo era la vida de un médico rural. Tal vez, podría
hacer eso en un futuro, realmente me había gustado.
Seguí trabajando día y noche, tras un
par de años, descubrí que lo que realmente me había curado del envenenamiento,
era el té. El comprimido había sido una farsa de José para que no descubra la
verdad.
Como un rompecabezas todas las fichas
se fueron encastrando en mi mente. Era por eso que no me contaba las
conclusiones de sus investigaciones y por qué tenía tanto interés en las mías.
El sabia como utilizar las flores rojas, sabía que si curaban todo, pero no
quiso decírmelo. Necesitaba asegurarse de hacerme creer que era mentira para
que método.
Volví a internarme en el bosque
buscando de nuevo la famosa planta. Volví a mi laboratorio y empecé a
experimentar con las hojas, los tallos y las flores, hasta que, después de
varias jornadas sin dormir, lo había conseguido. Un té capaz de curar todo tipo
de enfermedades. Era realmente un descubrimiento revolucionario, pero no podía
sacarlo a la luz, porque si lo hacía iba a acabar con la industria
farmacéutica. No es que a mí me interesase defender la industria, pero sabía
que lo más probable era que los dueños de los grandes laboratorios me
terminasen persiguiendo y eventualmente matando.
Comencé a ofrecer el té a mis pacientes.
Por lo bajo, empecé a curar enfermedades de todo tipo, incluso y sobre todo, las que eran más incurables, la
dosis variaba de persona en persona. Requerían un seguimiento, el tratamiento
non podía ser estandarizado, pero eso no importaba. El té realmente era
milagroso, realmente funcionaba. Sin embargo, después de un tiempo, me empecé a
hacer conocido por esto. Y lo que yo temía que pasara, término pasando. Los
laboratorios me empezaron a perseguir y a amenazar. Autos seguían al mío cuando
iba de casa al trabajo, me llegaban llamados y mensajes extraños, incluso a veces
mientras caminaba, pasaba alguien y me decía algo por lo bajo.
No me quedo más opción que irme de
Buenos Aires, había hecho un buen capital, en todos estos años de médico, por lo que podía escaparme tranquilamente. Me
mude cerca del bosque de donde extraía mi materia prima. Allí había un pueblo,
donde compre el terreno más grande y construí mi casa. Para que no me
encontrasen, queme mis documentos y mi celular. Me cambie el nombre y me
comencé a dejar la barba.
Con el tiempo empecé a atender a la
gente del pueblo, dándoles mis famosos tés y posteriormente se empezó a acercar
gente de pueblos cercanos… pero acá estaba tranquilo, yo era el único médico de
la zona y la única persona que sabía realmente como curar las enfermedades.
También había aprendido de mis
errores, por lo que comencé a fabricar unas pastillas de azúcar, que sirvieran
como engaño. Mientras les ofrecía té a mis clientes durante las consultas. Así
ninguno podía asegurarse de que lo estaba tratando con algo distinto a la
medicina tradicional.
Un día, después de muchos años, uno de
mis vecinos tocó la puerta. Traía a un joven desmallado. Este estaba
intoxicado, porque había bebido el néctar de la flor roja. Se nota que mis
métodos se habían dispersado. Por suerte para él, no sabía cómo emplearlos. No
es lindo vivir como un prófugo.
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