Páginas

Wikipedia

Resultados de la búsqueda

lunes, 2 de diciembre de 2019

La flor milagrosa


Un buen día, yo me encontraba realizando una exploración en un bosque cercano a la ciudad de Buenos Aires. Resulta que yo soy doctor homeopático y, estaba buscando una planta de la cual me había hablado un amigo mío.

En teoría, dicha planta, podía curar todos los males, desde el resfriado común, hasta el sida, pasando por todos los tipos de canceres. Así de milagrosa era esta planta. Me habían comentado que poseía unas flores rojas de gran tamaño y que presentaba un tallo de un amarillo verdoso muy particular. Que iba a ser fácil para mí reconocerla.

Tras caminar durante largas horas, dentro de ese bosque, finalmente la encontré. Una planta realmente hermosa, que desprendía un néctar muy dulce. Lo sé porque decidí beberlo, hacia demasiado calor, había caminado durante muchas horas y necesitaba ver si su efecto curativo era real. Planeaba curarme de mi alergia al polen. Por lo que, después de beber el néctar, me disponía a ingerir polen de la flor de al lado. Sin embargo caí desmayado.

No sé cuánto tiempo pasó después de haberme desmayado. Solo sé que desperté en otro lugar. Era la casa de un hombre de una edad bastante avanzada. Cuando desperté, él apareció. Me pidió que me sentara y me ofreció un té. Estaba muy rico por cierto. Le pregunte qué había pasado y me respondió que me trajeron a su casa puesto que me había desmayado en el bosque y uno de los lugareños me encontró así y me llevo para que me asistiera. Mientras tomábamos el té, comenzó a contarme su historia y nos pusimos a conversar

- Me llamo José, soy el doctor del pueblo, hace varios años me mude a este lugar para tener una vida más tranquila. Después de amasar una pequeña fortuna, decidí retirarme de la ciudad y comenzar de nuevo en este lugar, conectado con la naturaleza. Aquí atiendo a todos a los niños, a los adultos y a personas de otros pueblos. ¿Podrías contarme que fue lo que te paso así puedo ayudarte?
-Yo también soy doctor, estaba buscando una planta especial, que decían que puede curarlo todo. Tome de su néctar y me desmalle.
- Me temo señor, que esas son todas patrañas, no existe tal planta milagrosa, de hecho probablemente tomó el néctar de la planta de flores  rojas ¿o me equivoco?
- Efectivamente, sí
- Me temo que es una planta venenosa. Admiro su entusiasmo, me recuerda a mí cuando era joven, pero debe tener más cuidado, no puede andar probando todas las plantas así como así. Es un milagro que no le pasara nada, pero podría haber muerto.
-Tiene razón, fue imprudente de mi parte
-Por suerte para usted lo encontraron a tiempo. Tómese esta pastilla, le va a hacer bien. (Puso su mano en el bolsillo y saco un blíster con varios comprimidos). Es para desintoxicarse, probablemente todavía pueda generar vómitos o diarrea, pero por lo menos no va a pasar más de eso.
Puede quedarse aquí unos días si lo desea y de paso contarme más sobre su investigación.

Decidí aceptar la oferta del doctor, y me quede en su casa durante varios días. Mientras tanto, el controlaba mi estado de salud. Realmente era muy hospitalario. Se encargaba de que comiese bien, que tomara mucha agua y de que me encontrase cómodo todo el tiempo.

En las noches, José prendía un hogar a leña y me servía su famoso té, en ese momento, es que yo le narraba mis aventuras e investigaciones. El prestaba especial atención, parecía recordar sus antiguas andanzas y revivir cada una de ellas, mientras yo las relataba. Luego de terminar el té, apagaba el fuego, subía las escaleras y se iba a dormir. Yo por mi parte, me acostaba en el sofá, tapándome con una manta que me había prestado.

El hombre, a veces en  la cena o en el almuerzo, también contaba sus aventuras, eran también muy interesantes, y se notaba que escondían un gran misterio. Durante años, se había pasado investigando diversas plantas para curar diferentes enfermedades. Siempre hablaba de los procesos de investigación y los efectos de las plantas, pero nunca me contaba las conclusiones de sus investigaciones. Tal vez haya sido porque era celoso de sus logros, o porque intentaba hacerse el misterioso.

Después de varias noches, siguiendo esa rutina, decidí volver a Buenos Aires, después de todo, hacía rato que me sentía mejor y debía volver a trabajar. Estaba bastante frustrado porque no había podido encontrar la flor “milagrosa”, sin embargo, me había llevado una grata experiencia al compartir un tiempo con este buen señor.

Mientras volvía pensaba en que me había curado realmente rápido y que me quede solo porque me resultaba interesante, observar el cómo era la vida de un médico rural. Tal vez, podría hacer eso en un futuro, realmente me había gustado.

Seguí trabajando día y noche, tras un par de años, descubrí que lo que realmente me había curado del envenenamiento, era el té. El comprimido había sido una farsa de José para que no descubra la verdad.

Como un rompecabezas todas las fichas se fueron encastrando en mi mente. Era por eso que no me contaba las conclusiones de sus investigaciones y por qué tenía tanto interés en las mías. El sabia como utilizar las flores rojas, sabía que si curaban todo, pero no quiso decírmelo. Necesitaba asegurarse de hacerme creer que era mentira para que método.

Volví a internarme en el bosque buscando de nuevo la famosa planta. Volví a mi laboratorio y empecé a experimentar con las hojas, los tallos y las flores, hasta que, después de varias jornadas sin dormir, lo había conseguido. Un té capaz de curar todo tipo de enfermedades. Era realmente un descubrimiento revolucionario, pero no podía sacarlo a la luz, porque si lo hacía iba a acabar con la industria farmacéutica. No es que a mí me interesase defender la industria, pero sabía que lo más probable era que los dueños de los grandes laboratorios me terminasen persiguiendo y eventualmente matando.

Comencé a ofrecer el té a mis pacientes. Por lo bajo, empecé a curar enfermedades de todo tipo, incluso  y sobre todo, las que eran más incurables, la dosis variaba de persona en persona. Requerían un seguimiento, el tratamiento non podía ser estandarizado, pero eso no importaba. El té realmente era milagroso, realmente funcionaba. Sin embargo, después de un tiempo, me empecé a hacer conocido por esto. Y lo que yo temía que pasara, término pasando. Los laboratorios me empezaron a perseguir y a amenazar. Autos seguían al mío cuando iba de casa al trabajo, me llegaban llamados y mensajes extraños, incluso a veces mientras caminaba, pasaba alguien y me decía algo por lo bajo.

No me quedo más opción que irme de Buenos Aires, había hecho un buen capital, en todos estos años de médico,  por lo que podía escaparme tranquilamente. Me mude cerca del bosque de donde extraía mi materia prima. Allí había un pueblo, donde compre el terreno más grande y construí mi casa. Para que no me encontrasen, queme mis documentos y mi celular. Me cambie el nombre y me comencé a dejar la barba.

Con el tiempo empecé a atender a la gente del pueblo, dándoles mis famosos tés y posteriormente se empezó a acercar gente de pueblos cercanos… pero acá estaba tranquilo, yo era el único médico de la zona y la única persona que sabía realmente como curar las enfermedades.

También había aprendido de mis errores, por lo que comencé a fabricar unas pastillas de azúcar, que sirvieran como engaño. Mientras les ofrecía té a mis clientes durante las consultas. Así ninguno podía asegurarse de que lo estaba tratando con algo distinto a la medicina tradicional.

Un día, después de muchos años, uno de mis vecinos tocó la puerta. Traía a un joven desmallado. Este estaba intoxicado, porque había bebido el néctar de la flor roja. Se nota que mis métodos se habían dispersado. Por suerte para él, no sabía cómo emplearlos. No es lindo vivir como un prófugo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario